miércoles, 18 de octubre de 2017

El vapor del asfalto

Me dirigía, como todos los jueves, al bar Miguel. Cuando entré el ambiente era un tanto deprimente. En una esquina un hombre de color perdía su vista en el infinito, debía estar colocado. En la barra no había más que dos abuelos que gastaban lo poco que les quedaba de vida en beber ponche con hielo desde las 6 de la tarde. Desgraciados. Yo iba a hacer lo mismo.

Unas notas de saxofon se perdían en la indiferencia. Era Rober, un viejo músico de Jazz que subía a improvisar casi todas las noches. Los viernes traían algún grupo del underground madrileño y hacían jam sessions. Se solía llenar, pero el sonido que emergía del saxofon de ese hombre me hacía trasladarme a otro lugar. Se fundía con el murmullo del local creando un ambiente propicio para que fluyesen los pensamientos. Me encontraba a mí mismo. Pero esa noche era diferente.

Miguel, el dueño del bar, me ofreció un chupito de tequila, pero al contrario que otros días lo rechacé, tenía que estar sobrio para lo que pretendía hacer. solo el ponche de siempre, pues me mantenía despierto y alerta.

Se acercaban las 12 de la noche, iba a llegar el momento. Fuí al baño a aclararme la cara y la ideas, estaba decidido: Me llevé la mano a la cintura y saqué la pistola, una magnum del 45, con un cañon de casi 20 centímetros. El arma perfecta.

Salí del baño con una inquietante serenidad y me acerqué a la barra con intención de apurar el ponche. Miguel se iba a dirigir a mí cuando alguien gritó: "¡lleva un arma!". Sin dudarlo levanté la pistola y disparé a miguel en la cara, la música había cesado, solo se oían gritos y alguien corrió hacia la puerta. Era el siguiente. La bala le alcanzó en la espalda estampándolo contra el cristal de la puerta, pudo saborear su sangre mientras se deslizaba hacia el suelo. Me dí la vuelta y disparé a ciegas pero no le dí a nadie, cerca un hombre mayor suplicaba por su vida. No le iba a servir de nada, su cabeza revento como una sandía madura. El arma perfecta...

Disparé a otro de los clientes en el pecho. Tardo en desplomarse, pero necesitaba el último tiro para la traca final. Me acerqué a Rober, el único superviviente, su cara expresaba una mezcla de miedo y lástima. - "Qué has hecho, chico..." Fueron las últimas palabras que escuché, acerqué el cañón a mi boca y apreté el gatillo. Oscuridad.

Me imagino lo que dirían después: "Parecía tan normal", "Nadie se esperaba algo así". Me daba igual, estaba muerto y llevaba muerto desde que nací, aquello era lo más importante que había hecho en mi corta e insulsa vida.

Celso Crespo García, 2010

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