domingo, 22 de octubre de 2017

La cel.la

La Núria estava ajupida contra un cantó. Els seus braços agafaven les seues canelles buscant un poc més de protecció. No recordava com havia arribat fins aquella cel·la. Amb prou feines recordava que havia estat fent abans del moment en que tot va començar a anar malament. Creia en la possibilitat de que l'haguessin drogada.

Cada hora una finestra menuda i rectangular s'obria en la porta de metall de la cel·la i deixava veure uns ulls i un nas tapat amb una mascara blanca de paper. Els ulls l'observaven i de tant en tant feien una passada cap a un lateral alhora que s'escoltaven unes veus que xiuxiuejaven, com si estiguessin comentant alguna cosa darrere d'aquella porta massissa. Es tancava la finestra d'un colp sec i es repetia el procés fins la pròxima hora.

La Núria en cada encontre se sentia més aterrada. Intentava empényer-se cada volta més contra aquelles dos parets. Què vol esta gent? Em trauran els òrgans? Em mataran? Què!? Cap d'aquelles preguntes conduïen a una resposta racional, només a la desesperació, la incertesa, i de nou, el terror.

Després d'una estona se n'adonà que el cicle s'havia trencat. Feia molt de temps que no s'obria la finestra per observar-la.

De a poc a poc va anar calmant-se, però el respir li durà poc, ja que nous pensaments començaren a assetjar-la. Per què aquella gent l'havien deixat de visitar? La deixarien allí tancada? Què seria d'ella ara?. El pànic. S'alçà d'un bot. Colpejà la porta metàl·lica amb totes les seues forces. Cridà, cridà com no ho havia fet mai. En eixe instant hagués preferit que li traguessin els òrgans a quedar-se allí tancada. Per què no els havia dit res? Per què no havia tractat de comunicar-se amb ells?


Jordi Dominguez Vidal, 2017

sábado, 21 de octubre de 2017

Seda

Hablo con ella y siento que no me entiende. Me mira y siento que no me ve. Intento penetrar su alma y solo me doy una y otra vez contra un muro.

Es como si viese a una persona pero eso que veo y conozco no es la verdadera persona, como si estuviese cubierta por una sábana de seda: puedes tocarla, sentir su forma, el calor de su piel, la elasticidad de su carne y verla, tan solo ligeramente borrosa, a traves de la tela translúcida, pero en realidad eso que estás viendo y tocando no es la verdadera persona, es la seda lo que estás sintiendo, que se adapta a sus formas, pero nunca será ella.

Celso Crespo García, 2017

miércoles, 18 de octubre de 2017

El vapor del asfalto

Me dirigía, como todos los jueves, al bar Miguel. Cuando entré el ambiente era un tanto deprimente. En una esquina un hombre de color perdía su vista en el infinito, debía estar colocado. En la barra no había más que dos abuelos que gastaban lo poco que les quedaba de vida en beber ponche con hielo desde las 6 de la tarde. Desgraciados. Yo iba a hacer lo mismo.

Unas notas de saxofon se perdían en la indiferencia. Era Rober, un viejo músico de Jazz que subía a improvisar casi todas las noches. Los viernes traían algún grupo del underground madrileño y hacían jam sessions. Se solía llenar, pero el sonido que emergía del saxofon de ese hombre me hacía trasladarme a otro lugar. Se fundía con el murmullo del local creando un ambiente propicio para que fluyesen los pensamientos. Me encontraba a mí mismo. Pero esa noche era diferente.

Miguel, el dueño del bar, me ofreció un chupito de tequila, pero al contrario que otros días lo rechacé, tenía que estar sobrio para lo que pretendía hacer. solo el ponche de siempre, pues me mantenía despierto y alerta.

Se acercaban las 12 de la noche, iba a llegar el momento. Fuí al baño a aclararme la cara y la ideas, estaba decidido: Me llevé la mano a la cintura y saqué la pistola, una magnum del 45, con un cañon de casi 20 centímetros. El arma perfecta.

Salí del baño con una inquietante serenidad y me acerqué a la barra con intención de apurar el ponche. Miguel se iba a dirigir a mí cuando alguien gritó: "¡lleva un arma!". Sin dudarlo levanté la pistola y disparé a miguel en la cara, la música había cesado, solo se oían gritos y alguien corrió hacia la puerta. Era el siguiente. La bala le alcanzó en la espalda estampándolo contra el cristal de la puerta, pudo saborear su sangre mientras se deslizaba hacia el suelo. Me dí la vuelta y disparé a ciegas pero no le dí a nadie, cerca un hombre mayor suplicaba por su vida. No le iba a servir de nada, su cabeza revento como una sandía madura. El arma perfecta...

Disparé a otro de los clientes en el pecho. Tardo en desplomarse, pero necesitaba el último tiro para la traca final. Me acerqué a Rober, el único superviviente, su cara expresaba una mezcla de miedo y lástima. - "Qué has hecho, chico..." Fueron las últimas palabras que escuché, acerqué el cañón a mi boca y apreté el gatillo. Oscuridad.

Me imagino lo que dirían después: "Parecía tan normal", "Nadie se esperaba algo así". Me daba igual, estaba muerto y llevaba muerto desde que nací, aquello era lo más importante que había hecho en mi corta e insulsa vida.

Celso Crespo García, 2010

sábado, 30 de septiembre de 2017

Fantasmas

Un tampón usado en la papelera, un charco de agua frente a la ducha, el aroma de algún snack cocinado en el microondas: Son las pruebas de que ella ha estado aquí, más no su presencia, fantasmagórica. Hace ya casi dos semanas que vivimos juntos, y aún no la he visto nunca, más alla de una silueta en la oscuridad si entreabro un ojo desde mi litera, fingiendo estar dormido y al amparo de la almohada. Solo entonces la veo, o la intuyo más bien cuando llega, sibilina, para acostarse en la cama de abajo, tan solo a un metro de distancia pero a la vez tan lejos. Cuando me levanto para ir a trabajar ella duerme y cubre su cama con una muralla de toallas. Siento la tentación de apartar la más cercana al cabezal, lentamente, y observarla en su reposo, espiarla más bien como si fuese yo Pan y ella una ninfa. Decido no hacerlo y me limito a partir, silencioso, sibilino también para no despertarla. Cuando llego ella ya no está y ha dejado solo pequeñas pistas de su existencia que a veces se me antoja irreal y solo por esas pistas se que alguien ha estado ahí, como un fantasma en una realidad paralela que tan solo se manifiesta cambiando algunos objetos de sitio. Mientras observo y manipulo tímidamente sus cosas imagino conversaciones. Hay personas con las que he hablado más en mi cabeza que físicamente, pero de ella no conozco ni su voz, ni siquiera se en qué idioma hablará, no se si llamará a esto vidro, o quần al pantalón, o a la toalla serviette. Une serviette humide... Ojalá fuese francesa.

Cojo un plato que ella ha usado previamente y también un tenedor. Lo huelo, lo observo, como buscando en él un aliento o un aroma, y a continuación lo utilizo para comer algún precocinado y pienso que es posible que ella esté en este momento comiendo en otro sitio, en otro espacio, pero es como si tiempo y espacio estuviesen condenados a no encontarse nunca. Aunque el lugar sea el mismo, el tiempo lo cambia, y cuando el tiempo coincide, el lugar es diferente.

A veces le cambio pequeños objetos de sitio, intentando influir de alguna manera en su existencia, que ella note también mi presencia. Cojo sus apuntes de Ingeniería de Entradas y Puertas y los coloco al otro lado de la mesa, así cuando vaya a buscarlos se topará primero con los mios y sabrá que yo estudio Análisis Conductual. Tiene un bolígrafo color violeta que siempre deja descapuchado, y yo lo vuelvo a tapar, para que no se seque. El otro día vacié su bote de champú y lo rellené con el mío, para que su cabello oliese a mí. También le he cambiado el carmin de labios por uno ligeramente más oscuro, y a veces lo utilizo frente al espejo para imaginarme sus labios, rojos, carnosos, perfectamente delineados.

Quizá debería esperarla un día despierto, con cualquier excusa y asaltarla en la noche. Seguramente estaría cansada y no tendría ganas de hablar o tal vez no hablemos el mismo idioma y nos sea imposible comunicarnos, creo que no podría enfrentarme a esa situación, a esa impotencia. Qué situaciones tan patéticas se pueden generar ante la ausencia de un lenguaje común, aunque es peor cuando hay un lenguaje común pero aún así no llega a haber comunicación. Quizá es a lo que estoy condenado con ella...

Me pregunto si tendrá pensamientos similares alguna vez, si considerará siquiera mi existencia. No, para ella no soy más que un desconocido, el fantasma de la cama de arriba, aquél a quien nunca ha visto, aquél a quien nunca verá.



Celso Crespo García, 2015