sábado, 30 de septiembre de 2017

Fantasmas

Un tampón usado en la papelera, un charco de agua frente a la ducha, el aroma de algún snack cocinado en el microondas: Son las pruebas de que ella ha estado aquí, más no su presencia, fantasmagórica. Hace ya casi dos semanas que vivimos juntos, y aún no la he visto nunca, más alla de una silueta en la oscuridad si entreabro un ojo desde mi litera, fingiendo estar dormido y al amparo de la almohada. Solo entonces la veo, o la intuyo más bien cuando llega, sibilina, para acostarse en la cama de abajo, tan solo a un metro de distancia pero a la vez tan lejos. Cuando me levanto para ir a trabajar ella duerme y cubre su cama con una muralla de toallas. Siento la tentación de apartar la más cercana al cabezal, lentamente, y observarla en su reposo, espiarla más bien como si fuese yo Pan y ella una ninfa. Decido no hacerlo y me limito a partir, silencioso, sibilino también para no despertarla. Cuando llego ella ya no está y ha dejado solo pequeñas pistas de su existencia que a veces se me antoja irreal y solo por esas pistas se que alguien ha estado ahí, como un fantasma en una realidad paralela que tan solo se manifiesta cambiando algunos objetos de sitio. Mientras observo y manipulo tímidamente sus cosas imagino conversaciones. Hay personas con las que he hablado más en mi cabeza que físicamente, pero de ella no conozco ni su voz, ni siquiera se en qué idioma hablará, no se si llamará a esto vidro, o quần al pantalón, o a la toalla serviette. Une serviette humide... Ojalá fuese francesa.

Cojo un plato que ella ha usado previamente y también un tenedor. Lo huelo, lo observo, como buscando en él un aliento o un aroma, y a continuación lo utilizo para comer algún precocinado y pienso que es posible que ella esté en este momento comiendo en otro sitio, en otro espacio, pero es como si tiempo y espacio estuviesen condenados a no encontarse nunca. Aunque el lugar sea el mismo, el tiempo lo cambia, y cuando el tiempo coincide, el lugar es diferente.

A veces le cambio pequeños objetos de sitio, intentando influir de alguna manera en su existencia, que ella note también mi presencia. Cojo sus apuntes de Ingeniería de Entradas y Puertas y los coloco al otro lado de la mesa, así cuando vaya a buscarlos se topará primero con los mios y sabrá que yo estudio Análisis Conductual. Tiene un bolígrafo color violeta que siempre deja descapuchado, y yo lo vuelvo a tapar, para que no se seque. El otro día vacié su bote de champú y lo rellené con el mío, para que su cabello oliese a mí. También le he cambiado el carmin de labios por uno ligeramente más oscuro, y a veces lo utilizo frente al espejo para imaginarme sus labios, rojos, carnosos, perfectamente delineados.

Quizá debería esperarla un día despierto, con cualquier excusa y asaltarla en la noche. Seguramente estaría cansada y no tendría ganas de hablar o tal vez no hablemos el mismo idioma y nos sea imposible comunicarnos, creo que no podría enfrentarme a esa situación, a esa impotencia. Qué situaciones tan patéticas se pueden generar ante la ausencia de un lenguaje común, aunque es peor cuando hay un lenguaje común pero aún así no llega a haber comunicación. Quizá es a lo que estoy condenado con ella...

Me pregunto si tendrá pensamientos similares alguna vez, si considerará siquiera mi existencia. No, para ella no soy más que un desconocido, el fantasma de la cama de arriba, aquél a quien nunca ha visto, aquél a quien nunca verá.



Celso Crespo García, 2015

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